LOS PIRQUINEROS DEL CABLECARRIL


Es invierno, cae la noche. El primer y pálido rayo de sol roza el Famatina. Al gigante dormido la luz parece sacarlo de un largo sueño, un gran trueno hace vibrar la nieve de las laderas. La montaña ha despertado. Poco a poco la primavera parece asomarse con timidez ante al gran cordón de piedra que deja junto a él, un valle blanco que juega de espejo con la nubes en un cielo limpio y puro.

Dos pirquineros, se sientan sobre unas piedras y beben un mate de yuyo esperando que claree. Las manos atrapan deseosas el tazón caliente del mate, el vapor nubla los ojos enrojecidos de los hombres que esperan calentar su cuerpo para ensayar a ver si hoy encuentran oro. Un cuerno cortado por la mitad, lo usan de continente –lleño de piedras como muestra– para ver si allá bien en el fondo queda el mineral dorado (por ser más pesado). Son personas rústicas que esperan le paguen un cannon –aunque mísero- por el polvo extraído, que les va a permitir comprar por lo menos la comida y algo de ropa por una temporada.

Un ruido les llama la atención. Unos señores de largos bigotes, rubios de sol se acercan por las sendas angostas en la zona del Pozo de la Ánimas.

Se bajan con un criollo, el Rozendo –que les suele traer provisiones– y no de gauchada porque lo hace a cambio de oro. En la montaña todo tiene su precio. Se maneja con gestos y señas con los visitantes que ni el inglés hablan. Bajan unos trípodes y se asoman a través de un corto catalejo que lo rumbean hacia la pared de la montaña. También con señas y con alguna u otra palabra en español, preguntan dónde esta el oro. Los pirquineros se miran y sin emitir palabras siguen tomando un mate ya bien lavado.

Ya entrando la primavera una fila de mulas y burros cargados con herramientas y peones de la zona del Famatina y de Chilecito, hacen campamento en la meseta donde tienen su rancho los pirquineros.

Dicen que van a levantar unas torres de hierro hasta llegar bien arriba donde el viento te saca a pasear por las laderas.

Los pirquineros siguen con su trabajo diario, como si nada hubiese cambiado. Pero la autoridad al poco tiempo los reprime y los echa del lugar si siguen con su trabajo artesanal que les da identidad pero molesta a los gringos. O deciden poner el hombro, más bien la espalda con el resto de los obreros o se van con las patitas sucias a otro cerro bien lejos para que no molesten. Según los dichos del comisario, que parece bien pagado.

Los hombres de manos ajadas por tantos años de arañar la piedra, se alejan del lugar, pero no tanto, para ver, como con demasiada rapidez, levantan torres y estiran unos gruesos cables donde con roldanas rodaran las vagonetas que por ahora llevan provisiones y a veces gente. Pero dentro de poco van a estar colmadas de piedras del corazón del Famatina, en especial de la mina más alta que llaman la Mexicana.

Según cuentan los criollos que los gringos tienen planeado construir nueve estaciones con galpones cada 20 leguas. Los carritos son más de 400 y se balancean sin inmutarse a pesar del viento, muy seguros colgando del cable de acero. Dicen los técnicos que no va a tardar más de 4 horas en bajar 40 toneladas de roca virgen por hora, de la montaña.

Un paisano muy serio dice que le han contado que la obra es más importante que las mismísimas pirámides de Egipto. La diferencia es que acá no son esclavos, ...aunque parezcan. Pero igual, la plata y el oro se la llevan siempre los de afuera.

Los pirquineros se miran y toman tranquilos el último mate.


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